El pasado sábado 9 de mayo de 2026, se presentó en la Parroquia de Santa María de la Mesa de Utrera, el Cartel de Junio Eucarístico, obra de Andrea Rueda Mauriño, además se hizo entrega de las Pastas al Exaltador de la Eucaristía Miguel Falcón, que será presentado por Ana del Pilar Rubio Monrové. Dicho acto tendrá lugar el 31 de mayo a las 13:15 horas en la misma Parroquia de Santa María de la Mesa, con acompañamiento musical de la Asociación Musical Álvarez Quintero.
El acto fue conducido por Francisco Caro (Pregonero de las Glorias de María de este año).
Antonio Javier López, Hno. Mayor de la Hermandad Sacramental y del Redentor Cautivo presentó a la autora del cartel.
Tras la presentación del citado y las palabras descriptivas de la obra por parte de la autora, D. Diego Román, Párroco de Santa María y Director Espiritual del Consejo, realizó entrega de las Pastas al Exaltador Eucarístico Miguel Falcón, quien además tuvo unas palabras de elogio hacia la autora del cartel.
Para finalizar se realizaron las tradicionales fotos de familia.
Cartel de Junio Eucarístico 2026 del Consejo de Hermandades y Cofradías de Utrera
Descripción del Cartel +
El Cartel anunciador de Junio Eucarístico de Utrera 2026, es obra de Andrea Rueda Mauriño.
Según sus palabras, “desde el primer instante, mi intención fue crear una imagen que trascendiera la función anunciadora propia del cartel para convertirse, además, en una pieza de contemplación, una obra capaz de invitar al recogimiento y a la reflexión espiritual”.
La composición de la obra se articula sobre una estructura de geometría sagrada cuidadosamente concebida. Toda la figura de Cristo se organiza a partir de un gran triángulo ascendente cuyo vértice superior coincide con la cabeza del Salvador. Este punto culminante aparece realzado mediante la aplicación del pan de oro, subrayando así la idea del Logos, Cristo como verdad eterna y luz del mundo. La irradiación dorada que envuelve su cabeza remite a la santidad y, al mismo tiempo, a la manifestación divina de aquel que, según el Evangelio de San Juan, proclama: «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas».
Dentro de esta estructura triangular se sitúan las manos y la sagrada forma, concebida para generar un movimiento visual circular que conduce constantemente la mirada del espectador entre el rostro del Cristo, las llagas y la Eucaristía La obra está pensada para que la contemplación nunca permanezca estática. El espectador es guiado en un recorrido visual que envuelve siempre al centro teológico de la composición: el sacrificio redentor hecho presencia en el pan consagrado. En contraposición, el triángulo ascendente, la copa se dispone como el eje de un triángulo invertido. Las telas convergen hacia ella mediante sus pliegues y direcciones compositivas, simulando la unión de la sangre y el agua brotadas del costado de Cristo.
De esta forma, el cáliz es el núcleo sacramental de la obra, recipiente del sacrificio y signo de la nueva alianza La composición incorpora asimismo principios vinculados a la secuencia de Fibonacci y a la proporción áurea, recursos empleados históricamente por grandes maestros de la pintura como Leonardo da Vinci. La espiral visual nace desde el cáliz y asciende hacia la mano que sostiene la sagrada forma, continuando hasta el rostro del Cristo y regresando nuevamente al centro eucarístico. Esta disposición, busca armonía, equilibrio y una sensación de movimiento orgánico que conduzca naturalmente la mirada hacia el misterio representado: la anatomía del Cristo no parte de un modelo concreto.
Fue concebida de manera intuitiva y profundamente espiritual, permitiendo que el propio proceso pictórico guiara el desarrollo de su rostro y de su expresión.
Más que producir una corporeidad exacta, la intención de la autora ha sido alcanzar una presencia humana trascendente al mismo tiempo, un Cristo contemplativo, sereno y glorificado. La obra posee un carácter eminentemente alegórico. Cristo sostiene la sagrada forma en la que aparece representado un milagro eucarístico, fenómeno asociado a la manifestación de sangre en la forma consagrada expuesta en la custodia. A partir de esta idea, la autora incorporó la Cruz de Santiago como símbolo del propio milagro eucarístico, superponiéndola sobre el crucificado como un guiño tanto al patrón de Santiago como a misma Parroquia de Santiago de Utrera, espacio en el que la obra se vincula directamente.
El Cristo aparece con llagas visibles, pues en ellas reside el símbolo central de la obra. No se trata de una representación de Cristo durante la última cena. Estamos ante un Cristo glorificado ofreciéndonos su cuerpo. Las heridas evocan el sacrificio redentor y remiten al sufrimiento y el poder de transfigurarlo. En este sentido, las llagas son memoria del amor llevado hasta el extremo.
La obra se vincula directamente con el sentido profundo de la festividad del Corpus Christi, la celebración de la Santa Misa como actualización del sacrificio de Cristo y presencia real de Dios ante nosotros. Por ello, la imagen pretende funcionar como una nueva propuesta iconográfica que invita tanto a mirar como a orar.
Desde el punto de vista técnico, la pintura ha sido realizada siguiendo procedimientos heredados de los grandes maestros del barroco. La obra está ejecutada al óleo sobre lienzo mediante veladuras sucesivas, grisallas y pigmentos elaborados artesanalmente. El pan de oro, aplicado tanto en la ráfaga como en las inscripciones superiores, aportan una dimensión lumínica y sacra a la composición. El cáliz, aunque realizado íntegramente al óleo, emplea el recurso propio de la técnica del falso oro para recrear la riqueza matérico-lumínica de la orfebrería litúrgica, asimismo, el claroscuro desempeña un papel esencial dentro de la obra, al inspirarse en la tradición barroca, la figura del Cristo emerge desde la oscuridad como símbolo de redención y victoria sobre el pecado.
Cristo aparece venciendo las tinieblas y revelándose como camino, verdad y vida. En palabras de San Juan de la Cruz: «Al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor».
“Creo profundamente que toda obra sacra debe aspirar precisamente a eso, a recordar al ser humano la posibilidad del amor divino y de la esperanza”, dijo la autora.
